Mirta estaba ese 18 de julio de 1994 en el segundo piso de la AMIA cuando a las 9:53 explotó la bomba. Se salvó de la muerte y todavía no comprende por qué. No convalida eso que le dijeron algunos de que «su madre desde el cielo la llevó de la mano y la guió». Tampoco los que le atribuyen responsabilidades a Dios. «¿Y por qué Dios me eligió a mí y no a otros?», cuestiona.

Mirta es artista plástica. Dirige y vive en la sede de la Escuela de Arte Inclán. Sobre su hombro izquierdo, el cuadro llamado Cacharros que hace referencia a la vulnerabilidad de las cosas cuando el piso tiembla
Después del atentado, trabajó un año más en la AMIA para acompañar el proceso de reconstrucción. En ese trance, hizo retratos de las bolsas negras de consorcio donde se reencontraban los escombros. «Yo las miraba cuando iban separando por oficinas las cosas que pertenecían a cada uno. Y entre esas cosas estaba el polvo de la bomba mezclado con papeles, expedientes, partes de máquinas, partes de libros y partes humanas también. Yo miraba sus brillos, sus pliegues y ciertos rasgos humanos que adquirían. En estas bolsas negras estaba contenida esa pregunta sobre la vida y la muerte», reflexionó.

Ingresó a los 17 años a trabajar en el sector de cajas. «Había terminado hace poquito la secundaria y quería tener mi propia guita para comprarme libros, ir al cine. Quería tener una vida autónoma. Quería trabajar y entré como cajera, muy nena, en un mundo absolutamente distinto, que a su vez era buenísimo porque mi horario era hasta las tres de la tarde. Así que después del trabajo, me iba al cine todos los días. Hacía mi otra vida: la del taller literario, la de escribir, la de leer, la de ir al cine».

Cada 18 de julio es pensar en mis compañeros, es volver a sentir en el pecho algo que en mí también estalla. Primero la no comprensión de lo sucedido: cómo una persona con la que estás conviviendo y estás al lado de pronto no está más y todo desaparece. El dolor inmenso de la pérdida de la gente y, después, el dolor de la pérdida de la justicia».

“Ir de velorio en velorio fue desgarrante, insoportable. No entraba en mi cuerpo. Uno puede entender una muerte, aunque fuera trágica, pero ésto… No es que estábamos en un país en guerra, en el que sabés lo que está pasando. Pero así en un momento de tranquilidad aparente, hay una irrupción, un corte tan drástico de la vida que es muy difícil de entender y procesar”, expresó

Mirta se despertó ese lunes nublado minutos después de las siete de la mañana. Tenía especial entusiasmo porque estrenaba un espacio renovado de trabajo que la hacía poner contenta. Llevó una taza y un repasador para engalanar su nueva oficina. A las 9:53 se encontraba sola: sus compañeros estaban dispersos. Minutos antes había recibido a Agustín Lew, de 23 años. Lo rememora con especial e irracional pena. «Venía con unos papeles para que yo lo habilite a hacer algo. Tenía que decirle sí o no. Me acuerdo que le dije que no por algún motivo que no recuerdo. Él murió. Cuando recordé eso, comprendí que se había ido de la vida con la bronca cotidiana de alguien que te dice que no. Para mí es como fulminante que se haya ido con esta sensación tan horrible».

Por un instante, sintió culpa de haber provocado el desastre. Pensó, a su vez, que pudieron haber explotado las calderas de gas que se habían colocado recién y que a ella le daban temor. Pero su primera presunción fue que el piso no había soportado el peso de la caja fuerte. En los días previos, había sido su responsabilidad elegirla según los estándares adecuados que le habían advertido. Esa decisión que había padecido y que le genera desconfianza, se le presentó automáticamente. «Después, los olores y el polvo ya nos sacó cualquier tipo de fantasías», razonó.

Una ventana a su espada se deshizo sobre ella. Salió y corrió hacia su derecha: ahí es cuando la vieron escapar como si fuese «una japonesita» que hace caer cada baldosa del piso que toca. «Después encontré a mis compañeros que habían escuchado la voz de cuerpo a tierra que había dado el intendente del edificio -relató-. Ellos se habían metido abajo del escritorio. Por suerte yo no lo había escuchado, sino me hubiera quedado enterrada. Ahí me encontré con gente desesperada, asfixiada, viendo el agujero del edificio, escuchando los gritos. Veíamos demolición, formas todas superpuestas, era un lugar entero y una gran parte destruida».

En los brazos de una amiga halló consuelo y descarga. Lloró. No por ellas ni por sus miedos: «Los dos teníamos nenas de la misma edad. Cuando me encontré, nos abrazamos llorando, no pensando en nosotras sino en nuestras hijas que se iban a quedar sin mamá». Subieron a una terraza. Divisaron a los helicópteros. Recuerda haberse enojado con los rescatistas porque no los ayudaban: comprendió, tiempo después, que la situación general era desbordante.

En medio de la vorágine, con el pavor de que todo siguiera estallando, recibió -no sabe de quién- el cuerpo caliente de un bebé. Se lo devolvió -no sabe a quién- antes de escapar por un edificio lindero. Hace poco se enteró que ese sobreviviente es una joven 25 años que vive en Israel. Le contaron también que la madre le dio de mamar sobre las ruinas de Pasteur en medio del caos y la desesperación. «Ella en medio de eso se sentó y le dio de mamar. En esas cosas es donde sigue la vida», reflexionó.

Una de sus obras de azulejos quebrados cuelga de una de las paredes de su casa. La artista plástica busca expresar la vulnerabilidad y la posibilidad de construir algo con pedacitos rotos

Su adrenalina la obligó a seguir huyendo. La sensación, repite, era de que todo iba a seguir explotando. En sus recuerdos sobreviven los ruidos de vidrios y cosas cayendo. En los años siguientes al atentado cada vez que ingresaba a un lugar cerrado pensaba de dónde se iba a sujetar ante una eventual catástrofe: el trauma tiene instancias de superación autónomas. Su motor era huir para avisarle a su marido y a su hija que ella estaba bien. Llegó a su casa en taxi. Carlos no estaba, la había ido a buscar. Se sacó vidrios de la ropa y se limpió la sangre antes de besar y abrazar a Mora.

«Él estaba desesperadísimo. Es tremendo encontrarlo en las imágenes de ese día. Aparece desesperado, sostenido por dos personas, buscándome», narró Mirta.

De su casa en Parque Patricios, volvió a Pasteur para abrazar a su marido, que murió en 2006, doce años después de ese fatídico lunes del ’94. En su relato no hay épica, solo facsímiles del encuentro: «Yo venía caminando por la calle Lavalle. A él ya le habían dicho que yo estaba viva, no sé cómo. Nos encontramos, lo vi de lejos, él me vio y corrimos a abrazarnos». Del resto del 18 de julio rememora que su casa se llenó de un montón de familiares consternados. No recuerda cómo durmió esa noche en particular, pero calificó de «terribles» las noches de los tres años siguientes: «No podía procesar la muerte de mis compañeros. No podía entender por qué yo estaba viva y ellos no».

Fuente: Infobae