Sandra, sola en la esquina

1

Esta es la historia que nunca hubiera querido contar. Es la de la chica trans que fue la única testigo del doble homicidio de los policías del parque 9 de Julio y de cómo le arruinó la vida colaborar en la causa. La cuento porque no todos los héroes usan capa. Sandra le llamaremos, porque todavía el miedo la paraliza a veces y no me autoriza a decir su nombre de verdad.

Sandra estaba en situación de prostitución cuando, el 13 de febrero del año pasado la levantó un cliente en su camioneta. En el parque, le dijo que le practique sexo oral. No vamos a dar detalles del tipo porque forman parte de la causa. En ese momento se paró un patrullero y se bajaron de él dos policías: Cristian Peralta y Sergio Páez González. Ella se puso la campera y asomó la cabeza por la ventanilla para decirles algo, pero no hubo tiempo. El cliente agarró el arma que llevaba en la camioneta, abrió la puerta, se puso tras ella y les disparó a los policías seis veces. Ella se tiró del vehículo, convencida de que la iba a matar a ella también. Pero no. El asesino se subió a la camioneta, esquivó a los dos policías, al móvil y se fue. Ella estaba segura de que iba a retroceder y matarla a ella, que vio todo. Pero se fue. Y no volvió.

Sandra gritó «¡policía!» Y se acercó, temblando, a uno de los heridos. Páez González estaba bañado en sangre tirado en el pavimento y ella se dió cuenta de que estaba sin vida (en realidad, agonizaba, murió minutos más tarde). Se acercó a Peralta, que tenía la parte superior del cuerpo sobre la vereda y las piernas en la calle. También tenía mucha sangre. Lo primero que Peralta hizo fue preguntarle por su compañero. «Quédate tranquilo que está sentado, no le ha pasado nada», le mintió ella. Él le dijo que llame a la policía pero ella le contesto que no tenía celular. «Usá la radio del auto», le dijo y ella fue, pero en los nervios y la oscuridad no la encontró. Halló un celular, pero no sabía usarlo bien y apretó «llamada de emergencia». En ese momento, … llegaron otros dos policías en cuatriciclo. Ella se volvió con Peralta, él le volvió a preguntar por su compañero, ella le volvió a mentir. «No tienen códigos», le dijo él y ella le dijo que confíe en Jesus (ella es creyente). Entonces, Peralta dijo sus últimas palabras:

«¿Por qué me hacen esto? Tengo dos bebés»

Sandra no volvió a escucharlo hablar. Los subieron a una camioneta y se los llevaron. Ella todavía se pregunta si se habrá dado cuenta, en el camino, que su compañero se le murió a su lado.

A Sandra la mandaron a la comisaría a que deje sus datos por si necesitaban preguntarle algo después. En la comisaría 11 le tomaron el nombre y el domicilio y le dijeron «andá porque te debes estar perdiendo clientes». Ella salió y se tomó un taxi rumbo a su casa. Iba llorando de los nervios. En el camino, cambió de idea y le dijo al taxista que la lleve de vuelta al lugar del hecho. Cuando llegó los policías le preguntaron qué hacía ahí de vuelta. «Y si yo he visto todo, soy la única que ha visto todo», les contestó molesta. Entonces intervino Homicidios, que la llevó a declarar y la tuvo hasta las 4 de la tarde. Cuando volvió a su casa no pudo dormir: tenía miedo de que el asesino entre y la mate. Ella había visto todo.

Toda la Policía de Tucumán se lanzó a una cacería furiosa del sospechoso. Mientras, a ella le pusieron custodia. Pero el problema fue que no pudo volver a trabajar al parque, el asesino estaba suelto y ella era la única testigo. Y quién la iba a levantar si andaba con custodia. Una fundación se hizo cargo de ella, la llevó a un refugio, le dio comida, techo, contención psicológica y allí vivió ella los siguientes días, acompañada solo por su custodia policial (que era siempre una mujer y no llevaba uniforme, para no llamar la atención).

Hasta que atraparon al sospechoso: Máximo Abraham, sobrino nieto de una conocida Madama y dueña de hoteles alojamiento de Tucumán. Pero esta historia no es sobre el asesino sino sobre la testigo.

Entonces, Sandra quiso volver a su casa porque tenía 7 perros y no confiaba en que sus compañeras, que vivían con ella, los atiendan y los mimen como lo hacía ella. Pero no tenía para el colectivo. Tampoco tenía para los cigarros, ni para el alimento de los perros ni para nada: no tenía efectivo ni manera de conseguirlo. Una amiga le ofreció volver a Europa. En sus años mozos, a Sandra le había ido muy bien en Italia, especialmente en el Vaticano (😱) y, cuando lo contaba, sin querer comenzaba a relatarlo en italiano. Pero Sandra no se fue. Lo único que quería era que la esposa de Peralta acepte conocerla. Quería decirle que los últimos pensamientos de su marido habían sido para su familia. Mandó a alguien a preguntarle en el velorio, pero no estaba segura de que una señora en tremenda situación quisiese encontrarse con una trava prostituta. Una trava que, además, había sido detenida y abusada muchas veces por la Policía.

Cuando comenzó a salir del refugio se fue a una iglesia, porque es muy creyente. Se sentó a confesarse. El cura, con mucha dulzura, le dijo que vuelva cuando se haya sacado las tetas y se vista de varón. «¿No conoces algún cura copado que me confiese?», me preguntó. Pero yo no conozco curas copados así que, en esa, no le pude dar una mano. Igual siguió yendo a la Iglesia a rezar por su cuenta. Nunca supe si ese fervor religioso se le habrá pegado en el Vaticano.

Hasta que un día, la llamada llegó. La esposa de Peralta aceptaba conocerla y quería que sus hijos la conozcan también. Así que ella pudo decirles, en persona, que lo último que hizo su papá fue pensar en ellos.

Pero la vida era una mierda, Sandra seguía sin un peso y sin poder trabajar. Comenzó a hacer una tarea social y se dió cuenta de que en eso era buena: organizando, dirigiendo, racionando, tomando decisiones de logística. Pero no le pagaban, seguía sin un peso partido por la mitad. Pronto, los medios y el Estado se olvidaron de ella. Nunca entró al mentadisimo sistema provincial de protección de testigos, ese que tardó casi una década en reglamentarse y muchos, muchos meses en tener presupuesto. Para el año pasado, el programa era un cascarón sin recursos.

Ahí le perdí el rastro. Durante meses pensé en ella, en la valentía que había tenido porque todas sus amigas le decían «rajate, andate a otra provincia» pero ella seguía pensando en Peralta. Siempre pensaba en Peralta. Y en sus hijos.

Entonces, apareció muerta Cynthia Moreira. Cynthia era una joven trans también en situación de prostitución que había desaparecido para la época del crimen. Su cuerpo fue hallado despedazado en bolsas de consorcio en una casa abandonada. Sandra pensó que la habían matado por error, que en realidad a la que buscaban era a ella. Entonces, desapareció. No supe más de.ella por un largo tiempo, hasta que fue llamada a un reconocimiento. Fue, porque Sandra es una mina con los huevos bien puestos, literal.

La volví a ver este año, ya me habían dicho que había vuelto a trabajar con una peluca rubia. Cuando la encontré me dió un abrazo bien fuerte y dos besos, cómo en el campo, y me contó que el hambre la empujó a trabajar de nuevo. Que a veces no siente miedo. A veces se pone a hablar en italiano, sobre todo cuando recuerda Europa. No tuvo oportunidades académicas pero es una chica con una gran cultura general y una debilidad: los perros.

Quisiera contar otros detalles pero la causa, aunque acaba de ser cerrada la etapa de instrucción, todavía está en curso. En realidad, quisiera contar otra historia: la de una chica amparada por el Estado por haber ayudado a resolver uno de los crímenes más atroces de la historia reciente y que, sin ella, hubiera quedado en el más absoluto misterio. Quisiera contar la historia de una chica que entró a Programa de Protección de Testigos donde le dieron un trabajo, por ejemplo, en una veterinaria y descubrió que era buena para otra cosa aparte de la prostitución.

Pero la historia es esta. Ella y su italiano a cuestas, ella y sus tetas espectaculares y el cuerpo lleno de cicatrices de varias violencias que sufrió, ella con el miedo y con la porfiadez esa de Jesús, ella sola en la esquina. Sin capa, pero heroína.

Por Mariana Romero – Periodista

Actualmente cubre Policiales 

1 COMENTARIO