Luego de tres años y medio de regresivas políticas neoliberales, el país ha quedado sumido en una crisis de sin precedentes.
A la zozobra económica y social se suma el clima de encono y división que ha generado el perverso accionar de los medios hegemónicos, parte integrante del bloque de poder que controla el gobierno de Macri. Ello ha funcionado como condición sine qua non para lograr sus propósitos.
Un futuro gobierno popular debe encarar una ciclópea tarea, que combina un programa de emergencia y otro de alcance más estratégico.
El problema más acuciante es el hiper endeudamiento que nos deja este gobierno títere de la usura financiera, que se inició apenas concluido el atropellado pago a los fondos buitre, haciendo crecer la deuda externa en 130.00 millones de dólares en apenas un año y medio, provocando la estampida cambiaria de 2018 y el regreso a la pesadilla del FMI.
El FMI –o más propiamente Estados Unidos, que forzó decisiones  en su seno- oxigenó a Macri en su peor momento con el mayor préstamo de su historia, casi 60 mil millones de dólares, que iban a ser desembolsados en 36 meses, pero la urgencia de sostener al tambaleante gobierno redujo los tiempos, entregando en solo 9 meses el 70% de la cifra comprometida.
Para justificarlo, el organismo reformuló el acuerdo inicial, consintiendo la inviabilidad del mismo, demostrando así la falacia de su discurso y pactó para 2020 metas de déficit fiscal incumplibles, y que impedirían salir de la actual recesión. Las demás condiciones -reformas previsional y laboral- agravarían el conflicto social en medio de la delicada situación del país.
En una palabra, hipotecaron al país el primer año y medio hasta llevarlo al borde del default, pulverizando el valor de la moneda, para salir luego corriendo en procura de sus amos del norte, para que Trump los salve del incendio porvía de ese ruinoso préstamo del Fondo, pagándole así su sumisión a  este gobierno de ineptos.
Para evitar las ruinosas consecuencias de un default, se debe encarar una firme negociación con el FMI, que conoce la inconsistencia del acuerdo firmado por Macri. Como hiciera Néstor Kirchner en 2003, habrá que recordarles que “los muertos no pagan”. Que nos negamos a aplicar más políticas de ajuste que provocan sufrimiento a nuestro pueblo.
Una refinanciación razonable de los compromisos contraídos por este nefasto gobierno, es el primer desafío que tiene el próximo gobierno.
Pero generar los excedentes que permitan cumplir esos compromisos requiere salir del estancamiento: elevar el consumo y restituir el crédito productivo para recrear el mercado interno, protegiéndolo de las amenazas de la feroz guerra comercial declarada por Estados Unidos. Se trata de medidas indispensables para reconstruir la paz social y la reconciliación entre los argentinos.
Es preciso igualmente ponerles límites a los poderosos. Acabar con la timba financiera, obligar a los grupos exportadores a liquidar en tiempo y forma sus divisas, en lugar de especular con el tipo de cambio. Regresar a las regulaciones para la compra de divisas para atesoramiento es neceario para frenar la monumental sangría de ahorro argentino y de esa manerar recuperar las inversiones productivas.
En una palabra: la continuidad del pago de la deuda debe estar subordinada al fomento de la demanda agregada: consumo, inversión y exportaciones y la negociación con el FMI sujeta a la recuperación del crecimiento como condición para pagar las deudas.
Sabemos que son políticas no gratas al FMI, verdadero gendarme de la globalización financiera. Por eso requieren de la unidad nacional para defender el trabajo y la producción argentinos.
Ese pacto ciudadano, parafraseando a Cristina, debe ir más allá de la emergencia, hacia acuerdos de largo plazo.
Debiéramos ser capaces de pensar un proyecto de desarrollo integrado del país, en que la renta extraordinaria que generan nuestras feraces tierras, en lugar de que las apropie un puñado de intereses mezquinos, financien la industria, la ciencia y técnica, la infraestructura que haga posible un país sin irritantes desigualdades, que no dependa solamente de sus exportaciones primarias.
También nuestra política exterior debe basarse en el ejercicio de la soberanía nacional, fortaleciendo los procesos de integración con los países vecinos y hermanos y de amistad con aquellos que valoren el respeto a la soberanía de los pueblos y las relaciones pacíficas, simétricas y de mutuo beneficio entre naciones. Debemos propender a un nuevo orden internacional en el cual se controle el movimiento desestabilizador de flujos financieros especulativos y se establezcan mecanismos que eviten la fuga de capitales hacia paraísos fiscales.

Sobre el autor José Vitar
José Vitar es Precandidato a Diputado Nacional por el frente «Lealtad a los Principios»
Lista 501 B